Es un proyecto en donde contamos realidades según nuestro punto de vista. En donde planteamos temas diversos y contingentes. A veces tabúes para muchos. Karo Leiva, Nina Godoy y Valeria Cáceres se unen para realizar columnas semanales que abren la ventana hacia lo más íntimo de estas escritoras: su opinión
lunes, 30 de julio de 2018
Lo que hice mientras dormías
No todos lo saben. Es más, creo que es primera vez que lo comparto (y ruego no ser la única para no quedar de loca). En fin... creo que todos hemos experimentado "insomnio". Lo que no estoy tan segura es si todos hacen lo mismo que yo durante esas horas en las que no sabes qué hacer.
Algunas pensarán: "Pues que aproveche de leer o de escribir". No, eso no sucede porque misteriosamente mis pensamientos se van para otro lado. Durante esas horas de "hacer nada", en realidad "hago mucho": Planeo mis Outfit de aquí a la eternindad, hago tableros de Pinterest con ropa que usaré en mi viaje a Buenos Aires. Reviso a cómo está el cambio de dólares y pesos argentinos. Reviso lugares hermosos que quiero visitar. Planeo conversaciones que nunca llevaré a cabo. Veo videos y escucho las más insólitas canciones. Reviso perfiles de IG que me parecen atractivos. Busco ideas de decoración. Planeo remodelar mi habitación... y así hasta que me dan las 7:00 am sin dormir y con un montón de cosas que estoy segura no haré ni compraré.
¿Les ha pasado? Díganme que sí. Porque estos últimos días me hice seguidora de un montón de tiendas de ropa, de decoración, de grupos musicales que en lo cotideano ni siquiera me detendría a escuchar y hasta me aprendí mentalmente un par de coreografías de un instructor de Zumba que sube videos en Youtube.
¡Y me vi hasta la repetición de un par de programas de farándula que durante el día juro que no me interesan!
En fin... resumiendo, mientras ustedes duermen, mi "otro yo" vaga por las redes buscando tutoriales de maquillaje, de cocina, de ejercicios (ja, ja, ja). Y, durante el día, no me maquillo, se me quema la comida y el único ejercicio que hago son dos abdominales: Uno cuando me levanto y otro cuando me acuesto.
¡Que tengan una hermosa semana!
martes, 24 de julio de 2018
Mejores Amigas
La vida no se trata
simplemente de recorrerla como una carretera en un vehículo a toda velocidad.
Siempre hay algo que te hace detener y observar los pequeños detalles de esa
carretera, el viento, el paisaje o simplemente una sonrisa. ¿Amor? Puede ser… ¿Maternidad?
Absolutamente… pero, ¿Qué hay de las mejores amigas a lo largo de nuestra vida?
Aquellas pequeñas hadas que nos acompañan en cada momento de nuestras vidas,
con las que reímos hasta más no poder, aquellas que saben hasta nuestros más
oscuros secretos, esas que nos regalan su hombro manos y cabello para llorar,
esas cejas juntas que nos llaman la atención cuando nos cuesta entrar en razón,
aquellas que nos dicen ¡No! Y también ¡Sí!, con quienes no necesitamos hablar, tan solo necesitamos una mirada, quien no te juzga ni te regaña porque no
hablemos todos los días… y lo más importante… que siempre pero siempre están
ahí.
¿Podemos tener varias “mejores
amigas” a lo largo de nuestra vida?, yo creo que sí, y cada una de ellas, para
mí, han formado la persona que soy hoy en día.
Comenzando el camino en
mi carretera, cuando iba en primero o segundo básico conocí a quién se ha
convertido en mi otra mitad, una amiga incondicional en todo aspecto de nuestra
relación, la adolescencia la pasamos como siamesas, nos ilusionamos, lloramos,
y nos mega ultra reímos juntas. Pero, de pronto nos cayó la vida encima y a
pesar que somos madres, esposas y etc… aún nos vemos y la sigo considerando mi
hermana del alma. Incluso nuestros hijos cumplen años el mismo día XD.
Cuando iba por esa
carretera, esa nueva y expectante, esa carretera que se comienza cuando sales
de casa a vivir tu propia vida, me detuve una vez más encontrándome con una
pequeña hada envuelta en papel higiénico disfrazada de momia, (jajajaja) de eso
han pasado 15 años, y contando… compartimos experiencias, dolores, y nuevamente
muchísimas risas, buena música y anécdotas para escribir un libro. Conocimos
juntas el comienzo de una carretera que nos esperaba un poco más maduras. Este
año al fin fui testigo (literalmente) de unos de sus más grandes sueños. Y
espero sigamos cumpliendo muchos más juntas.
En unos de los giros de
esta larga carretera, pasaba por una de esas curvas hermosas, en donde ya había
conocido al amor más puro que una mujer puede conocer, como lo es un hijo. En
esta carretera me encontraba detenida, organizando mi nueva vida como madre y
reencontrándome con mí cuidad, ya que había vuelto a mi nido después de haber
volado por casi 9 años sola. Volvía con compañero y bebe abordo. Fue cuando la
vida me detuvo una vez más en esta carretera, conociendo a mi nueva hada desde
el más puro dolor, encontrándola en uno de sus peores momentos. Sin saberlo me
involucré en su vida y ella en la mía, como si nos hubiésemos conocido desde
antes, desde hacía tanto antes que ninguna fue consciente y hoy después de casi
10 años sabemos y reconocemos ese lazo tan fuerte que nos unió y que nos
une y unirá.
La carretera me ha
llevado por varios caminos, algunos han sido alamedas, otros pequeños pasajes,
donde entras y sales rápido, como también he tenido que devolverme cuando he
entrado a pasajes sin salida, pero sin importar el rumbo que tome, sé que ahí
estarán mis hermanas del alma, para empujarme, sostenerme, o caer conmigo. Así
son las amigas, aquellas pequeñas hadas disfrazadas algunas de momias,
superhéroes o lo que sea, nos pondrán el hombro, las manos, la sonrisa o nos
zamarrearán. Como también siempre estaré ahí para ellas. Siempre estarán las
sonrisas, los cariños, la preocupación, la admiración y el amor infinito.
Hoy por hoy recorro una
carretera difícil, con poco tiempo para todo lo que me gusta hacer, porque la
vida es así, sin embargo, me he detenido y me he encontrado con dos hadas maravillosas,
desprendidas de conocimiento, compartiendo sin pedir nada a cambio, escuchando,
sosteniendo, apoyando.
En este camino siempre
hay personas en la orilla del camino, a quienes vas observando cómo se hacen
chiquititas a través del espejo retrovisor, pero que sin duda van dejando
huellas, para bien o para mal, pero que debían estar ¿aprender?
Quizás…
Las amigas son esa otra
parte de nosotras mismas, esa parte que nos hace ser auténticas, esa otra parte
que nos hace ser valientes, la amistad nos convierte en guerreras, en monstruos
asesinos también cuando nos tocan una de las nuestras… las amigas, esas
mejores amigas son las que nos hacen que la vida no sea tan dura.
Para las amigas siempre
debe existir un momento para detenernos a observar los detalles de este camino
junto a un cafecito y un trozo de torta. O si el tiempo apremia siempre podemos pasar por un abrazo en donde estén. ¡Las adoro! Gracias por habernos
reencontrado, para ellas, mis mejores amigas.
¿Y tú?…. ¿Has ido
coleccionando mejores amigas a lo largo de tu carretera?
martes, 10 de julio de 2018
El valor del trabajo
Estoy ante una hoja en blanco,
con el cursor esperando a que empiece a teclear. Y ahí estoy, con la mirada
perdida, preguntándome, «¿qué diablos escribiré?»…
¿Irónico,
no? Siendo una escritora, debería tener el don de la palabra. Pero bueno, no
solo soy escritora, también soy el corazón de una pequeña editorial que soñó,
durante tres años, en democratizar un poco el proceso de sacar un libro en
papel, que el dinero no fuera un impedimento, para permitir que el talento y la
ilusión fuera tangible.
Pero
los sueños terminan.
Y
este terminó, desperté.
Regalé
tres años de trabajo, de conocimientos,
de investigación, de gestión, de estudio, de tiempo. Recibí gratitud,
experiencia, amigas, reputación y preciosos momentos.
Pero
llega un momento en que ya no puedes regalar o cobrar una comisión irrisoria,
casi simbólica. Sobre todo, cuando asumen que lo vas a hacer, que este trabajo es
fácil y sencillo; y no lo es, nunca lo ha sido. Aunque lo haga mil veces, nunca
es fácil.
Y
llega un momento en que lo único que recibes son dolores de cabeza, malos ratos
y un constante ruido mental que te grita «¿por esto estoy trabajando?, ¿vale la
pena quitarle horas a mi familia para esto?». Porque en el estricto rigor es
eso, un trabajo.
Hoy
saqué el cálculo de cuánto cuesta, en dinero, mi trabajo que, en términos
generales consiste en dar servicios editoriales: diseñar una portada, diagramar, inscribirlo en la cámara
chilena, gestionar con la imprenta, gestionar un lanzamiento, hacer señaladores,
booktrailers, enviar a corrección, asesorar, promover, aconsejar y un largo
etcétera…
El
resultado final es escalofriante. Hacer un libro en papel con toda la
parafernalia posible es prohibitivo, y ni siquiera abarco el tema de
distribución a librerías —y eso, es harina de otro costal—. Ahí es cuando
entiendo el porqué una editorial tradicional solo le da el 8% o 10% al autor,
de otro modo, no es negocio.
Hoy
le tomé el real peso de lo que he hecho. Puse en la balanza todo lo que me ha
costado, todo lo que he recibido.
Nunca
quise que esto fuera un negocio, ¡somos independientes! Nos cuesta sangre sudor
y lágrimas estar en esto, y no depender de la varita mágica que nos llevará a
una editorial gigante para convertirnos en best
seller. Nosotros tomamos esa misma
varita, estudiamos hechicería, practicamos infinidad de veces hasta
perfeccionarnos y hacemos magia. Quería que el lector ganara, que el autor
ganara, que tuviéramos un producto de calidad profesional, que fuera un dar y
recibir desinteresado, que el libro llegara a todos a un precio accesible. Ese
era mi sueño, pero, en la cruda realidad hay una delgada línea que no debe
traspasarse, pero sucedió… y aprendí, a porrazos, que no todos piensan,
sienten, actúan, ni tienen los mismos valores que yo. Y es triste, muy, muy
triste, porque me he llegado a cuestionar si seguir en esto o no, y llegué a
una conclusión que no quería ver ni asumir. Pero ahí está, gigante, escrita con
letras mayúsculas de color rojo y en neón… Y ya no puedo seguir evadiendo la
realidad, y decidí.
No
saben cuánto lo siento en el alma, pero las reglas cambiaron. Entregaré lo
mejor de mí, de eso que no quepa duda, pero primero, valoraré este trabajo, es
como debe ser.
Pero,
siempre hay un pero, existe un puñado de personas, que merecen que los siga
apoyando, por diversas razones. Pero la principal, es que tienen el mismo sueño
que yo, y que valoran, de verdad, mi trabajo. Por esas personas valiosas, que
aportan, que son valientes e íntegras, he decidido continuar en este camino,
para descubrir hasta donde se puede llegar. Porque no quiero que paguen justos
por pecadores y porque una parte de mí sigue soñando, a pesar de la realidad.
domingo, 1 de julio de 2018
Perfeccionismo, me arruinas la vida
"Lo más importante, siempre debes tener fe en ti mismo"
“Con tu deber no más estás cumpliendo” esta frase ha salido de la boca
de mi papá cada vez que le mostraba una buena nota, alcanzaba un logro o
simplemente hacía algo que para mí era muy difícil. En este contexto nace mi
permanente afán perfeccionista que a veces me gusta tildar como un mecanismo de
compensación, por mi falta de “normalidad”.
Pero ¿Por qué quiero ser perfeccionista?
Y Freud en este instante se ríe de mí porque la respuesta es: para agradar a
los demás y pueda formar parte de su grupo, que patético ¿verdad? Sudas sangre
para lograr lo que quieres, y al final cuando lo haces en el fondo sabes que no
es por ti que lo haces sino, para lograr que los demás te acepten.
Mientras escribo pienso en las estupideces que he hecho para lograrlo.
1.
Para ser la amiga perfecta: hacía todo lo que me pedían era como un
perrito faldero detrás de su dueña. Incluso regalé cosas valiosas para mí a
alguien que a fin de cuentas no lo merecía.
2.
Para ser la hija perfecta: ayudaba en casa y luego daba informes
detallados de todo lo que hacía solamente para recibir un gracias hija.
3.
Para ser la alumna perfecta: no salía a recreo si no había terminado la
tarea de la clase (la mayoría de la gente pensaba, que era por tenacidad) pero
no, simplemente era para recibir un refuerzo positivo como el perrito de Pavlov
y la campanilla.
Si a eso le sumo el pánico que me producía equivocarse o fallar en algo,
todo se transforma en un martini seco de pura culpa coronado por latigazos que
me propinaba mentalmente con palabras subrayando lo torpe y poco avezada que
era.
Ay, la culpa ese amargo elixir que nos gusta beber cuando hacemos algo
más que nos vuelve víctimas de nuestras circunstancias, en lugar de asumir la
responsabilidad por nuestros actos y hacernos cargo de las consecuencias,
Es complicado intentar de ser perfeccionista y hacer las cosas solo por
el gusto y el placer de hacerlas sin la presión de ser el mejor. Eso le quita
un alto porcentaje de presión a tu espalda porque a veces, y seamos sinceros,
eres la competencia de Sísifo empujando la piedra por la cuesta, solo que en tu
caso prefieres llevarla en tu mochila donde además cargas el mundo, ese que
crees debes controlar.
Pero un buen día te cansas de todo lo que haces y decides por fin, que
lo importante no es lo que los demás piensen o digan sobre lo que haces, Aquí
lo que de verdad importa eres tú. Porque a fin de cuentas la única persona que
va a estar contigo hasta el día de tu muerte es la misma que aparece cuando te
pones frente al espejo.
Haz lo que quieras dando lo mejor de ti, pero sin olvidar que debes disfrutarlo sin torturarte. Vive sin pensar en nadie más que en ti, buscando la propia satisfacción y el orgullo de la meta lograda. Porque si te equivocas aprendes, si te caes te levantas pero lo más importante es que el mundo no se acabará si fallas, ni nadie dejará de quererte.
lunes, 11 de junio de 2018
REWIND
Cuando tenía once años, me invitaron a mi primera
fiesta de grande. De esas que se celebraban después de las ocho de la tarde y
terminaban como cenicienta a las doce o un poco antes. Era el cumpleaños del
niño que me gustaba en silencio, era el mejor del curso en notas y
comportamiento.
Lo conocía desde primero básico si es que no de
antes porque no me acuerdo. Él era perfecto para mí, y para todas
las niñas del curso obviamente. Recuerdo haberme puesto un vestido rojo liso
hasta la cintura y la falda con tablas hasta las rodillas, usé zapatillas y una
chaqueta de jeans, y mi mamá me hizo una media cola de caballo dejando mis
rulos sueltos hasta la cintura, y mi chasquilla, era como una ola para surfear
(que horror). Recuerdo que las niñas bailábamos y seguíamos
coreografías de Madonna y comíamos golosinas. Hasta que pasada las
nueve de la noche aproximadamente, comenzó a sonar “Endless in Love” de Lionel
Richie & Diana Ross. Un poco anticuada para la época,
considerando que esa canción se lanzó el año 81, cuando yo recién había nacido,
pero se entendía, ya que los Djs de ese entonces seguramente eran los padres u
otros adultos. Todas las niñas nos acumulamos en una pared de la sala y los
niños al otro lado, como si fuésemos a atacarnos los unos a los otros. Sin
embargo, esperábamos hasta que uno de ellos viniese y nos pidiera bailar, la
sensación aún la recuerdo, era una ansiedad extraña, muy emocionante y
visceral, y digo “visceral” porque era tanta la tensión que hasta dolía la
panza.
Yo, como siempre ocultando mis sentimientos, miraba
hacia otro lado para no tener que presenciar cuando el niño que me gustaba
sacara a bailar a la niña más linda del cumpleaños. Cuando de pronto
lo vi frente mío. Ese momento cambió un poco mi vida de niña de
cumpleaños a niña caminando hacía la adolescencia, sentí que me pedían subir a
una nube y que todo por allá abajo no me importaba. A pesar de que el baile era
tocarse apenas con la punta de los dedos el hombro de tu compañero. Pero fue un
momento que nunca olvidaré porque me hizo inmensamente feliz.
Luego, cuando cumplí catorce años, fui a una fiesta
de verdad, al menos me iban a buscar pasadito las doce de la noche y eso para
mí era casi la adultez. Había un chico que me gustaba, lo conocía
desde sexto básico, un chico que con su sonrisa iluminaba todo el recreo, y
creo que gracias a él comencé a escribir, le hacía una carta de amor cada día tan
solo que nunca se las hice llegar… el tema es que en aquella fiesta me vestí lo
mejor que pude, con una blusa blanca que no me tapaba el ombligo
(bendita época) y unos jeans pata de elefante que en esa época eran de lo más.
Usaba el cabello melena por lo que me puse un cintillo verde que mi papá decía
que me hacía juego con mis ojos… y si lo decía mi papá yo me la creía
toda.
Bailamos miles de lentos y cada vez que se acercaba
a mi boca yo salía corriendo como idiota… jamás había besado a nadie antes más
que al espejo, pero eso no contaba como beso, tan solo para
practicar jajajaja (quién no lo hizo que no siga leyendo por favor) cada vez
que él intentaba besarme yo corría al baño y detrás de mí todas mis amigas… nos
encerrábamos y me daban miles de consejo las que ya tenían experiencia en ese
arte. “Abre la boca y cierra los ojos” “Te va a meter la lengua”
etc… y mientras más escuchaba más nauseas me daban, y debía tomar agua como
diabética. Después de un rato volví a la sala de baile, que era el living
de mi compañero de curso que estaba de cumpleaños. Y ahí estaba
Ricky Martin… (No podía en ningún caso, ser otro) “Eres el amor de mi
vida” Todo en ese momento cobraba sentido, fui directo a sus brazos
(en ese tiempo ya éramos capaces de bailar abrazados sin reírnos como idiotas )
bailamos, y sentía su respiración en mi mejilla y su olor a chicle dos en uno
de menta. Me acariciaba con su nariz como buscando mis labios, lo cual me
estrujaba el estómago, pero anule cada una de las recomendaciones de mis amigas
y cerré mis ojos. Y fue ahí cuando sentí sobre mis labios los suyos, apreté
tanto mis ojos y no me daba cuenta que también lo hacía con mi boca, y me dice
sobre los mismos “si no quieres, no lo hagamos”. Abrí mis ojos y vi los suyos,
esos que yo tanto buscaba en los recreos. Y lo tenía ahí en frente mío,
queriendo besarme y enseñarme algo que jamás en mi vida olvidaría. Le sonreí y
me acerqué a su boca, esa tan linda que sonreía hermoso. Y volví a
esa nube maravillosa, la misma del baile de hacía cuatro años antes, pero esta
me llevaba mucho más alto, casi podía tocar las estrellas. No quería
que la canción terminara, no quería volver a tocar el suelo
ni volver a abrir mis ojos jamás, ahí se sentía genial y cuando se
separó de mí y abrí mis ojos, me regaló una de esas sonrisas tan lindas que
solo él podía regalar. Se encendieron las luces y cambió la música.
Las niñas me alejaron de esos labios queriendo copuchar, pero justo llegó mi
papá a buscarme, ya eran las doce treinta de la noche. Esa noche no pude dormir
nada, me tocaba los labios con los dedos una y otra vez, y volvía a sentir su
beso increíble… y aunque después de eso no ocurrió nada más, fui inmensamente
feliz.
Mi primer baile, mi primer beso y todas las
primeras veces siguientes fueron hermosas, la sensación de sentirse nerviosa
pero ansiosa, esa sensación tan genuina que nos entrega la adolescencia, ese
camino mágico que recorremos escalando peldaño a peldaño hasta llegar a la
adultez para mí al menos, ha sido genial, incluso los malos ratos. Todos
debiésemos recordar nuestro paso por la adolescencia con amor, a tus amigos,
los enemigos, las anécdotas, las tristezas, los desengaños, las desilusiones
etc... Las caídas amorosas son lo más terrible a esa edad, las
rupturas amorosas nos dañan tanto el corazón que deben ayudarnos a recoger cada
pedacito. Y las amigas… aquellas hermanas del alma que con el tiempo
algunas perduran y otras quedan en el pasado. ¿Qué hubiese sido de nuestra
adolescencia sin nuestras amigas o amigos? ¿Lo recuerdan verdad?
No tenía muy claro de que tema hablaría esta semana
en nuestro querido blog, y mientras trabajaba el día sábado, llegó “Endless in
Love” a mis oídos y me reí mucho haciendo un “Rewind” es increíble como la
música siempre ha estado en mi vida, y puedo recordar cada momento importante
gracias a estas canciones….
No olvidemos nuestra chica adolescente, hagámosle
un cariño de vez en cuando trayéndola al presente, recordando… aunque tal vez
para algun@s la adolescencia no es un buen recuerdo, reencontrémonos con esos
momentos, aquellos que solo nosostr@s sabemos que son especiales,
sonriamos, recordamos lo que fuimos, las tonteras, los chistes, los
bailes imbéciles, o quizás esos amores que nos llenaron la vida de luz por unos
momentos, los buenos momentos… Gracias a aquella chiquilla introvertida, por
momentos enojada con el mundo, por otros, enamorada del mismo, que amaba bailar
en secreto y escribir historias de amor que nunca llegaron a destino. Gracias a
esa chica soy la mujer de hoy en día, con imperfecciones, chascona y enojona,
pero así me quiero, me respeto y me cuido.
lunes, 4 de junio de 2018
Planeándo (me) la vida
Cuando eres
una niña te preguntan ¿Qué quieres ser cuando seas grande? Y tú con una sonrisa
y ojitos brillantes respondes: veterinaria, doctora, profesora o lo que más te
entretenga.
Cuando eres chico, poco esperan de ti y tienes una libertad que no eres capaz de valorar sino hasta con el paso del tiempo. Básicamente, tu vida se divide en 2 mundos en los que te mueves constantemente: casa y colegio. Es aquí donde comienzan los planes acerca de tu futuro y lo que comenzó siendo un sueño de la tierna infancia se transforma en una meta que debes alcanzar.
Cuando eres chico, poco esperan de ti y tienes una libertad que no eres capaz de valorar sino hasta con el paso del tiempo. Básicamente, tu vida se divide en 2 mundos en los que te mueves constantemente: casa y colegio. Es aquí donde comienzan los planes acerca de tu futuro y lo que comenzó siendo un sueño de la tierna infancia se transforma en una meta que debes alcanzar.
Pasas
catorce años de tu vida preparándote para dar una prueba que supuestamente te
valida como apto para entrar a una institución que te formará para ser un
profesional, que en el mejor de los casos será lo que quisiste estudiar. De no
ser así tendrás que conformarte con lo que te alcanzó.
Y así ese
sueño de vivir solo a los 18 años se diluye, porque el castillo de naipes que
construiste o construyeron para ti se va derrumbando carta a carta con un
simple soplido.
¿Qué es lo
que se espera de mí? Si eres mujer, fácil:
- Estudies.
- Trabajes.
- Conozcas a alguien ( ojalá
siguiendo la heteronorma) seas una niña bien con la cual casarse y tengas
la capacidad de transformarte en una Jesica Rabitt que satisfaga a su
pareja ( un hombre que siempre tiene ganas de sexo.)
- Te cases
- Tengas hijos y los cries dejando
de lado tu trabajo
Ah, pero eso no es todo cada uno de estos
estadios tiene una edad correspondiente para llevarla a cabo; estudiar desde
los 4 a los 18 años para luego volver a
estudiar de los 19 a los 24 años ( sin reprobar ni una sola asignatura y ojalá
graduarte con distinción), Trabajar unos 5 años más, conocer a ese alguien
especial y casarte para tener hijos lo más pronto posible porque el reloj
biológico no perdona a nadie y si ya pasaste de los 35 sonaste, pasó la vieja.
¿Dónde me preguntaron si quería ser feliz y vivir la vida más que sobrevivirla?
¿Dónde me preguntaron si quería ser feliz y vivir la vida más que sobrevivirla?
Cuando una
sociedad espera que seas un modelo de persona más que un ser humano, el foco
está puesto en la competencia como medio para triunfar más que aprender de mis
errores y crecer ese hábitat se transforma en el caldo de cultivo para
prejuicios, juicios y condenas a todo aquello que no responda a la norma ya sea
por opción u obligación.
Al menos yo,
soy todo aquello que no debería ser y ya casi a mis 32, sin haber tenido pareja
( donde mis parientes me miran con lástima, pues creen que me quedé para vestir
santos, eso en el mejor de los casos, porque
quizás más de uno piensa que soy lesbiana.) haber estudiado algo que me
va a garantizar el hambre más que una seguridad económica. Ah, no hablemos de
tener hijos porque como conté en el punto anterior no tengo con quien y mi relojito
se está pasando.
Hace años la
vida me enseñó a no planear mucho las cosas porque me pasé la vida planeando lo
que quería hacer, pero el destino me tiró el ego al suelo y me demostró que a
veces tienes que caer para volver a la esencia. Hoy aprendí a vivir el día a
día, a no tener expectativas porque así no te desilusionas: la vida es como es,
no como quieres que sea.
Para el
mundo tal vez no soy lo que esperan, pero para mí soy mucho mejor de lo que
soñé alguna vez, soy agradecida y feliz de disfrutar la vida, de haber llorado
y reído, de haber aprendido y seguir haciéndolo. Porque el día que sepas todas
las respuestas viene el universo y te cambia todas las preguntas y ahí sabrás
si todo eran quimeras o si puedes volver a construirte con lo que eres y
tienes.
“La felicidad aparece cuando olvidas los
espacios y vives sin pensar en los tiempos.” Albert Espinosa.
domingo, 27 de mayo de 2018
Estable dentro de su gravedad
“Estable dentro de su gravedad”. Frase que escuché decir
muchas veces a los médicos y matronas del Servicio de Neonatología del Hospital
Regional de Antofagasta. Son palabras que todavía resuenan en mi cabeza y que
cada vez que las escucho de algún amigo, familiar o en la televisión, se
remueve todo mi interior. ¿Por qué?
Soy escritora, mujer y madre de tres hijos. Del último es de
quien les hablaré. Un niño prematuro de 21 semanas y 720 g.
Yo había perdido el líquido amniótico y durante dos semanas
estuve en reposo absoluto en el hospital para poder sostenerlo más tiempo
dentro y aumentar sus posibilidades de vida. Un día más en mi “guatita”, era
una semana menos en incubadora. Me colocaron las inyecciones para madurar los
pulmones, tomaba remedios seis veces al día y me debía mantener acostada. Solo
a ratos podía sentarme en la cama.
Hasta que llegó el día tan temido.
Las contracciones partieron un lunes catorce de agosto en la
madrugada. Continuaron alejadas toda la mañana. A las dos de la tarde me hicieron
una ecografía, menos mal que no tuve contracciones en ese momento, puesto que
yo no quería decir nada; me iba a aguantar el mayor tiempo posible con mi bebé
adentro.
Por la tarde, las contracciones continuaron cada vez más
seguidas, pero yo no quería. Un día. Solo un día más pedía al cielo. Todavía
era demasiado chiquitito y quedaban horas para que la inyección de los pulmones
hiciera efecto.
A las siete y media de la tarde, las mamás que compartían
pieza conmigo se preocuparon demasiado. Toda la tarde habían querido ir a
avisarle a la matrona que yo estaba mal. Sin embargo, yo me negaba, les decía
que podía aguantar un poco más. Pero a esa hora las contracciones eran más
dolorosas y más seguidas. De hecho, no se terminaba una cuando empezaba la otra.
Aun así, yo quería esperar, mis compañeras de sala, no. Fueron a buscar a la
matrona. Me llevaron de inmediato a preparto.
―Doctor
―le dijo una de las matronas de allí al obstetra―, la vamos a monitorear
primero para ver cómo van las contracciones.
―No hace
falta ―le respondió agachándose un poco para mirarme―, es cosa de mirarle la
cara. A pabellón altiro.
Era un
doctor de edad. Yo me puse a llorar, me tomó la cara y me hizo que lo mirara.
―No te
prometo nada, pero con la tecnología de hoy, tu bebé tiene muchas posibilidades
de vivir. Tienes que ser fuerte, y llorar solo lo hace sufrir más a él y ya
tiene un sufrimiento fetal sin el líquido, así que deja de llorar que tu hijo
te necesita. Ya llorarás cuando lo tengas en tu casa, sano y salvo. Por ahora,
y mientras esté aquí, te necesita fuerte, tu fortaleza tiene que alcanzar para
los dos, ¿ya? ―me explicó con firmeza a la vez que con mucha ternura.
Asentí
con la cabeza, me sequé las lágrimas, me tragué el llanto y en silencio le
envié fuerzas a mi pequeño.
Nació a
las ocho de la noche. No lo vi, se lo llevaron a Neo de inmediato, ya tenían
todo listo: incubadora, un pediatra, un neonatólogo, una matrona de prematuros,
un cardiólogo, y no sé quién más, pero había mucha gente, con dos hijos
anteriores, estaba segura de que eran mucho más personal que el necesario para
un parto cesárea. Se ponían de acuerdo, se daban órdenes, se oían las
carreras...
Y de
pronto, el silencio como un plomo. Parecía un silencio como de muerte.
El
doctor, que fue el único que quedó allí, al menos el único que veía, me miró y
me sonrió.
―Ya
pasó lo peor, ¿viste? Se lo llevaron a Neonatología, más tarde va a venir una
matrona a darte un informe. Ahora descansa, tú que puedes, yo tengo que seguir
trabajando ―bromeó melodramático y me enseñó la aguja de sutura.
Cerré
los ojos y el doctor se puso a tararear una canción muy alegre. Debo haberme
dormido porque cuando abrí los ojos, había un joven al lado mío que me miraba
muy fijo.
―Hola ―me
saludó―, ¿cómo te sientes?
―Con
frío ―respondí.
Se dio
la vuelta, tomó una manta y me la puso encima, a pesar de que ya tenía una.
―¿Mejor?
―Sí.
―¿Náuseas,
dolor de cabeza?
―No.
Solo frío y sueño.
No me
atreví a preguntar por mi bebé.
―Duerma
un rato, está en post operatorio, de ahí la van a llevar a la sala.
―Gracias.
―Yo voy
a estar por aquí, por si necesita algo.
―Ya ―respondí
apenas y me debo haber dormido.
A la
una llegó la matrona a contarme que mi hijo estaba conectado a respirador, que
pesó 720 gramos, que nació con muy poco tono muscular, pero que había pasado
las primeras horas más críticas.
Estaba
estable dentro de su gravedad.
Aquella
noche fue la primera vez que escuché esa frase. Para mí, con el tiempo, se
convirtió en una frase maldita.
Al día
siguiente el doctor me autorizó a ir a verlo. Mi impresión fue mayúscula al
verlo ahí, en una caja de vidrio, conectado a un montón de tubos, con sus ojos
vendados, su cara tapada casi por completo por un parche curita. Los pañales
eran inmensos y eso que eran de prematuro y estaban cortados. Y el tono de su
piel... Era un rojo-morado horrible.
―Abra
la incubadora ―me indicó una matrona― y meta los brazos para que lo toque, no
hay mucho espacio libre, pero al menos para que la sienta.
Mi dedo
índice era del tamaño de su bracito. Era impresionante verlo. Cuando sintió mi
dedo, sonrió y comenzó a mover las patitas.
![]() |
| A veces se cansaba de luchar |
―¡Mire
como se llena de motivos! ―exclamó la matrona―. Háblele, que sepa que usted
está aquí.
Le
hablé, le canté y el tiempo se me hizo corto para estar con él.
―Es un
guerrero ―me dijo la matrona antes de irme―. Saldrá adelante.
De ahí
en adelante, cada vez que iba verlo, su diagnóstico era el mismo. Estable
dentro de su gravedad, estable dentro de su gravedad, estable dentro de su
gravedad.
Lo peor
era su significado. Estaba grave. Toda persona grave tiene un riesgo de morir.
Estable es que no mejora ni empeora. Está ahí. Se mantiene. No está peor, pero
tampoco mejor y, en cualquier momento, una infección, un resfrío... Y se muere.
De
hecho, un día llegué y comprendí que estable dentro de su gravedad no era tan
malo.
―No
está respondiendo al tratamiento ―me dijo la doctora de turno―. Le hemos
cambiado cuatro veces el tratamiento y no hay caso. Ayer en la noche llegó el
último tratamiento posible desde Estados Unidos, pero tampoco está
respondiendo, es como si él no quisiera luchar. Pase un ratito más a verlo y
traten de estar en la casa preparados, en cualquier momento los llamaremos.
Esa vez
me quebré. Lloré. Se acercó otra doctora y me dijo que tuviera fe, que todavía
no se había dicho la última palabra, que ese no era el primer susto que les
hacía pasar mi Benjamín, que le gustaba llamar la atención, pero que saldría
adelante, que ella estaba segura de eso y que yo también debía estarlo.
![]() |
| Todo un guerrero con su puño empuñado, dispuesto a dar la lucha |
Volví a
hacer lo mismo que cuando iba a nacer, me tragué el llanto y me fui a la
incubadora, ese día estaba particularmente cansado, se le veía sin ganas.
―Hola,
mi pequeño, yo sé que estás cansado, aburrido de tanta cosa, mi amor, y si ya
no quieres seguir luchando, lo voy a entender, pero afuera están tus hermanitos
que te quieren conocer. Yo sé que es difícil y si te quieres rendir... Te amo,
mi bebé, te amamos mucho y solo queremos que estés bien.
Me
despedí de él y me fui. Aquella noche mi esposo llegó triste, había pasado al
hospital, como cada tarde después del trabajo, y el diagnóstico seguía siendo
el mismo, no respondía al tratamiento y estaba empeorando por ratos.
En ese
momento deseé escuchar el “estable dentro de su gravedad”.
A las
cuatro de la mañana sonó el teléfono de la casa. El corazón se me paralizó y la
respiración se me congeló. Nos miramos con mi esposo, ninguno de los dos quería
contestar, así que pusimos el altavoz.
―Juanito...
―Un borracho se había equivocado de teléfono.
Por un
lado, maldije al tipo, por otro, agradecí que no hubiese sido una llamada del
hospital.
Al día
siguiente, llegué temprano al hospital y mi pequeño no estaba en su sala. Me
asusté y pregunté por él. Lo habían pasado a Tratamiento Intermedio. Había
salido de UCI. Estaba mejor.
De ahí
en adelante, durante un mes, fue un constante deambular entre UCI, TIM. Un día
amaneció con una patita amarrada a una mantilla que salía hacia afuera de la
incubadora. Había hecho apnea toda la noche, así es que le pusieron la mantilla
para tirarle la patita y que reaccionara en tanto la matrona se preparaba para
atenderlo. A ratos, solo bastaba tirarle la patita, ese invento lo bautizaron
como “Benjapneador”. Sí que le gustaba llamar la atención.
El día
que llegué y ya estaba en cuna, fue un momento inolvidable. Entré y lo vi de
inmediato. Se veía tan pequeño. Lo tomé en brazos y le di pecho directo de mí. Segunda
vez que podía sentirlo así, la primera fue el 19 de septiembre cuando me lo dio
la matrona aprovechando que era feriado y no había mucho personal ni médicos
por allí.
Unos
días después, pude enseñárselo a sus hermanos a través del vidrio de la puerta.
Ellos también tuvieron su cuota de sufrimiento, ya que, al no tener familia con
quien dejarlos, tenían que irse conmigo al hospital y quedarse en las escaleras
esperando las horas que fueran necesarias. Con once y siete años no podía
dejarlos solos en la casa, menos cuando el trayecto del hospital a la casa era
de más de una hora y del trabajo de mi esposo, casi dos.
El día
de alta fue un día especial para nosotros. Los hermanos se pudieron conocer y
se amaron de inmediato. Los dos mayores siempre estuvieron al pendiente de su
hermano menor y, cuando empezó el bullying en el colegio, fueron ellos los que
se dieron cuenta. En segundo básico, cuando nos enteramos del diagnóstico de
Trastorno del Espectro Autista, mejor conocido como Asperger, fueron sus hermanos
los que entraron a su mundo a buscarlo para traerlo al nuestro. Claro que eso
es harina de otro costal, quizás, en otro post, pueda hablar de ello.
Muchas
gracias por leer esta experiencia que viví y que quizá también la estés
viviendo, o alguien de tu entorno, o la vivieron. Cada experiencia es
diferente, pero recuerden, todo pasa por algo y siempre, siempre, siempre, uno
debe sacar las mejores enseñanzas y las mejores experiencias, por más dolorosas
que sean. La fortaleza que no creí que tenía, la aprendí de esos momentos de
angustia.
Ah, y
la última cosa antes de despedirme: ahora, después de once años, vine a llorar
por mi hijo, cuando escribí esto. Antes no me había sentado a pensar en lo
dolorosa y angustiante que fue toda esa etapa.
Un abrazo
y recuerden, los prematuros son guerreros, algunos salen adelante, otros se
quedan en el camino, pero no es por cobardía, es por cansancio o, porque
quizás, este mundo todavía no está preparado para ellos.
| Once años después.. 😍 |
Abrazos
y gracias por leer, ojalá comenten sus experiencias 💕
Freya
Asgard
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